Comunidades energéticas: tres cosas que ya sabías. ¿O no?

Hace unos años, las comunidades energéticas estaban en todas partes.

Aparecían en programas electorales, en propuestas de ayuntamientos y en proyectos empresariales. Parecía que cada territorio iba a tener la suya.

La subida del precio de la electricidad tras el impacto de la guerra de Ucrania actuó como detonante. El contexto acompañaba: ayudas públicas, impulso institucional, oficinas de transformación comunitaria (OTC) y un interés creciente por reducir la dependencia energética.

Y, sin embargo, con todo a favor, su desarrollo real ha sido más limitado de lo que cabría esperar. Sobre las razones merece la pena detenerse en otro momento.

Lo que sí es evidente es otra cosa:

Todo el mundo ha oído hablar de las comunidades energéticas, pero no siempre está claro qué son realmente.

Porque, en muchos casos, lo que se da por hecho… no es exactamente así.

Por eso, merece la pena detenerse en tres ideas que parecen evidentes… pero que no lo son tanto.

1. “las comunidades energéticas son autoconsumo eléctrico… y ya está”

Es lo que la mayoría piensa.

Que una Comunidad Energética consiste en instalar placas solares y repartir electricidad entre varios consumidores.

Pero esa visión se queda en la superficie.

Si uno acude al marco básico del sistema eléctrico —la Ley del Sector Eléctrico—, lo que encuentra es un modelo muy estructurado, donde cada función está claramente separada:

  • quien produce la energía
  • quien la transporta
  • quien la distribuye
  • quien la comercializa
  • quien la consume

Cada uno tiene su papel.

Y el consumidor, hasta ahora, estaba al final de la cadena.

Las comunidades energéticas introducen algo distinto.

Permiten que un mismo grupo de actores pueda:

  • producir
  • consumir
  • almacenar
  • compartir energía
  • e incluso acceder al mercado, directamente o a través de agregación

Es decir, rompen la lógica tradicional en la que cada sujeto tiene una única función.

Por eso, reducirlas a autoconsumo eléctrico es quedarse solo con una pequeña parte del modelo.

Porque, además, no se limitan a la electricidad.

Una comunidad energética puede integrar:

  • energía térmica (calor y frío)
  • almacenamiento
  • gestión de la demanda
  • servicios energéticos
  • movilidad sostenible
  • integración con otros vectores energéticos, como los gases renovables

Reducirlas a electricidad —y, dentro de ella, al autoconsumo— es limitar completamente su alcance.

Por eso, el error no es pensar en autoconsumo eléctrico.

El error es pensar que todo termina ahí.

2. “esto es para ciudadanos, no para empresas… ni para administraciones”

Otra idea muy extendida.

Las comunidades energéticas se asocian muchas veces a vecinos, barrios o pequeños municipios.

Y, cuando aparece el papel del ayuntamiento, suele reducirse a una función muy concreta: ceder cubiertas o espacios para la instalación.

Y sí, eso es una forma de participar.

Pero es solo una parte —y probablemente la más limitada— de lo que realmente puede hacer una administración pública en este tipo de proyectos.

Porque la realidad es más amplia.

En una comunidad energética pueden participar:

  • ciudadanos
  • pymes
  • grandes empresas
  • administraciones públicas

Y no solo como facilitadores, sino como actores activos dentro del modelo.

Un ayuntamiento puede, por ejemplo:

  • participar como socio de la comunidad
  • impulsar el diseño del modelo organizativo
  • orientar el proyecto hacia objetivos sociales o territoriales
  • canalizar parte de la energía hacia colectivos vulnerables o servicios públicos
  • integrar la comunidad energética dentro de su estrategia energética y urbana

Esto cambia completamente el enfoque.

Porque la comunidad energética deja de ser una instalación en un tejado para convertirse en una herramienta de política pública local.

Para una empresa, esto también abre una vía clara:

no solo consumir energía, sino participar en modelos que pueden aportar:

  • estabilidad de costes a largo plazo
  • mayor control sobre el suministro
  • integración en estrategias de sostenibilidad
  • vinculación con el territorio y su entorno

En este sentido, limitar las comunidades energéticas al ámbito ciudadano —o al papel pasivo de la administración— es perder una parte importante de su potencial.

Porque, en la práctica, muchas de las oportunidades más interesantes surgen precisamente cuando distintos perfiles participan en el mismo proyecto.

3. “una comunidad energética es una asociación… ¿o no?”

Es una forma habitual de plantearlo.

Y sí, puede serlo.

Pero no necesariamente.

Si se vuelve al propio sistema eléctrico, lo que se observa es que los sujetos que participan en él son, en esencia, personas físicas o jurídicas que asumen distintas funciones: producir, consumir, comercializar, almacenar o agregar energía.

Las comunidades energéticas se insertan precisamente en ese marco.

No como una categoría informal, sino como entidades jurídicas reconocidas, cuyos miembros —personas físicas, pymes o administraciones— participan en el sistema energético con derechos y obligaciones propios.

Por eso, la forma jurídica no es única.

Puede ser una asociación, pero también una cooperativa, una sociedad mercantil u otras fórmulas.

Y esa decisión no es menor.

Porque determina cómo se articula la participación de sus miembros dentro de ese sistema.

Son una forma de organizar cómo distintos actores participan en el sistema energético bajo reglas propias.

Y eso implica definir:

  • quién decide
  • cómo se reparte la energía
  • cómo se gestionan costes y beneficios
  • cómo evoluciona el proyecto en el tiempo

Constituirla puede ser relativamente sencillo.

Hacer que funcione en el tiempo, no tanto.

Porque en cuanto hay varios actores, aparecen cuestiones que no siempre se ven al principio:

  • qué ocurre cuando alguien entra o sale
  • quién asume responsabilidades frente a terceros
  • cómo se gestionan los conflictos

Y ahí es donde muchos proyectos se debilitan.

No por la tecnología.
Sino por la falta de estructura.

En realidad, cuando la instalación está hecha… es cuando empieza lo importante.

Entonces, ¿de qué estamos hablando realmente?

  • Las comunidades energéticas no son solo autoconsumo.
  • No son solo ciudadanos.
  • Y no son, necesariamente, una asociación.

Son algo más relevante:

Una forma de reorganizar cómo se produce, se comparte y se decide sobre la energía.

Y cuando cambias cómo se organiza algo, cambias todo lo demás.

  • Cambian los roles.
  • Cambian las responsabilidades.
  • Cambian los riesgos.
  • Y cambian también las oportunidades.

Por eso, el verdadero reto no es técnico. Es estructural.

Porque una comunidad energética puede empezar con una instalación.

Pero solo funciona cuando está bien diseñada.

Y ahí es donde, muchas veces, se decide todo.